Alberto Jackson y las filloas de sangre.

Estos son Alberto y su sobrino (su afillado) y la maravilla que vais a leer a continuación es un texto que me envió hace tiempo (Alberto, no su sobrino) y que ya publiqué en su momento. Es tan bonito que lo recuperaré todas las veces que haga falta, como si son cien.

Mi abuelo no se creía muchas de las cosas que salían en la televisión. Siempre que aparecía algo para él absurdo como el windsurf decía “Ben se ve que é película”. Cuando el VHS llegó a casa cambió la cantinela a “Ben se ve que é video”.

Mi abuelo nos hacía plazas de toros con la paella. En cuanto nos servían le pasábamos el plato, y él hacía un círculo con un agujero en medio en el que disponía los mejillones, el pollo o los tropezones que mi madre hubiese tenido a bien. Y con los pimientos rojos hacía banderas de una España de cuando aún no existía el Danacol.

Pero claro, con cuatro nietos a la mesa aquella feria de las paellas toreras era demasiado para mi padre, que venía de trabajar, era todavía un chaval y ya tenía cuatro hijos… y aquel barullo le mareaba la cabeza.

Un día se acabaron las plazas de toros presididas por gambas.

No tenía mucho que hacer, mi abuelo. Y aunque sé que en su testamento les dejó la casa a mis padres a condición de que lo cuidaran y siempre viviésemos con él, no tenía su espacio. No podía hacer nada. Y, por supuesto, le tenían prohibido cocinar.

Mi abuelo venía de una aldea muy remota muy remota, muy gallega muy gallega, un sitio que yo siempre imaginé como una selva con pinos, en la que las fiestas se celebraban con crepes cuyo componente fundamental era la sangre de cerdo. Filloas, se llamaban aquellas tortas parduzcas.

Un día, las filloas llegaron a la ciudad, de la mano de mi abuelo. Creo que yo no existía aún, porque las recuerdo desde que nací.

Harina, huevo, agua y una sangre de cerdo que siempre venía en una botella de color escarlatacasinegro, y que mi padre había encargado a alguna matanza. Nos parecía de lo más normal ver aquella botella de sangre porcina en la nevera, al lado del kéfir y las lechugas. Era, claro, el tiempo de las filloas.

Se hace la masa líquida, se frota la sartén con manteca de cerdo previamente untada en un palo con un trapo, y cuando llega a la temperatura adecuada se vierte con un cazo la cantidad justa. Chisporrotea un poco, y cuando ha adquirido cierta consistencia se le da la vuelta con los dedos. Siempre con los dedos.

Y cuando alguno de sus nietos se acercaban furtivos a robar alguna de aquellas filloas recientes, mi abuelo siempre nos decía que tan calientes no, a ver si nos iba a dar un corte de digestión…

Se comen con miel, con azúcar o se mojan en leche. También en combinaciones que yo nunca osé, como con chicharrones y otras que no me atrevo a relatar.

Mi abuelo, que tenía prohibido cocinar porque dejaba todo hecho un asco y se hacía platos inverosímiles que la mente no alcanza, era sin embargo el encargado de las filloas. Era lo único que le dejaban hacer. Sus filloas eran celebradas por parientes y vecinos. Toda una tarde se pasaba con el cazo y la sartén, filloa aquí y filloa allá. Era su momento.

Una de las pocas veces al año en la que se sentía útil, en aquel mundo tan raro con rapaces subidos a tablas de planchar sobre el agua.

Mi abuelo, que no creía en lo que salía en la televisión, sólo creía en el poder de la sangre… de las filloas.

Desde que murió mi abuelo, nunca las he vuelto a probar.

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