Decir adiós (I). Pollo a la pantoja.

Marcharse es complicado. Hay que despedirse bien, comprobar que llevas todo lo necesario y mirar atrás solo lo justo. A mi se me da mal, siempre me pilla sin ganas, así que cuando un querido amigo propuso organizar un almuerzo en su casa para que nos despidiésemos antes de que me mude de Madrid a Londres y me dijo que lo único que yo tenía que hacer era ir pues casi me lo como de alegría.

Dicho y hecho. Mi amigo es un hombre de palabra y en un santiamén organizo un ágape con unos invitados exquisitos.

El plato principal del menú fue, oh cielos, Pollo a la Pantoja, manjar sin igual del que hemos oído hablar dentro y fuera de la pequeña pantalla pero que pocos hemos tenido el placer de degustar. Y a dios pongo por testigo que es una auténtica delicia con un delicado toque final picantón que te alegra la vida.

Y de postre: buñuelos. Pero, como bien apuntó la anfitriona consorte, solo de nata y crema que lo demás son ordinarieces.

*Querido José Manuel Duarte, yo no sé qué he hecho para merecer la que montaste ayer en tu casa. Eres muy grande y estoy por irme y volverme de España muchas veces solo por repetir esto contigo.

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