Almuerzo-mudanza

Mudarse es un coñazo, lo mires por donde lo mires. Que si, que nueva vida, que qué ilusión, que va bien para tirar cosas. Todo lo que tú quieras, es una tortura.

Yo no me estoy mudando ahora a ningún lado pero Simon si, así que he ido a echarle una mano metiendo discos y más discos en cajas y más cajas.

Si un amigo te ayuda a hacer la mudanza en si y con ello me refiero a transportar las cajas, muebles y demás enseres de un lugar a otro, lo mínimo que puedes hacer es ponerle una estatua en la Plaza Mayor de su pueblo. De oro.

Si has tenido a bien contratar a un señor con furgoneta para que se ocupe de tan pesada misión y tu amigo solo viene a hacerte compañía y ayudarte un ratín (mi caso, yo no cargo cajas, que se me caen) quedas fantásticamente invitándole a un almuerzo-mudanza en el que incluirás un poco de todo lo que te quede en la nevera.

Y cuando hablo de incluir todo lo digo sin contemplaciones. Si lo que te queda en la nevera es un fuet que te has traído desde Barcelona hasta Londres ahora justo que has ido al Sonar, unos mejillones, unas gambitas, unos calamares y unos guisantes que tenías congelados pues todo, ni más ni menos, es lo que le vas a echar al último paquete de pasta que te quedaba en el armario de la cocina. Y si para aderezar te queda media trufa negra, ajo, pimienta, copos de chile rojo y un trozo de parmesano, pues si, todo eso también va en el plato.

¡Córcholis, una trufa!

Y queda rico.

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