Molestias

A mi padre no le gusta que mi madre beba de su copa, le dice “Maricarmen, si quieres un cubata te lo pides”. A mi madre no le gusta que hurte cosas de la despensa que ella tenía reservadas para sus recetas. A ninguno de los dos les hace ni pizca de gracia que si me llevo la última lata de cerveza de la nevera no la reponga. Son molestias de lo más entendible. En lo que a mi concierne he ido corrigiendo el comportamiento que las causaba. Creo que mi madre sigue bebiendo de la copa de mi padre pero por eso, por molestar.

A otras personas, un poco más alejadas de mi círculo familiar, les molestan otras cosas. A Carlos no le gusta nada que  le cojan cosas de su plato, Jenny no soporta que si queda algo de comida lo tires a la basura, Erol no aguanta ver un pescado con cabeza, Marta aborrece los cubiertos de madera y por ende los palillos, Ricardo odia sentarse en la mesa del pub y solo quiere estar en la barra, Luna se pone de los nervios cuando alguien come con la punta del cuchillo, Rafaela se crispa cuando ve comer a alguien con la boca abierta y de paso contempla como lo mismo que tiene en su plato se va convirtiendo en bolo alimenticio en boca ajena. Y así ad infinitum.

Yo siempre he presumido de que no me molestaba nada pero resulta que no es verdad.

Hace unos días fui con mi amiga Tina, no me consta cuáles son sus molestias comestibles, a cenar a Yauatcha, restaurante chino carísimo y espectacular sito en el Soho londinense, y cuando llegó el postre hice algo que sé que pone en pie de guerra a más de uno. Agarré mi móvil y le saqué una foto al susodicho, una filigrana de chocolate, lima y cerezas sin igual. Mientras esto sucedía, sin previo aviso y a traición, la señora de la mesa de al lado se levantó, sacó su móvil y le hizo una foto a mi postre, A MI POSTRE.

Todavía estoy asimilando esta invasión y como muestra de respeto solo pondré una foto del plato con la víctima ya ausente.

Amigos, respetemos los postres ajenos.

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